Durante muchos más años de los que puede soportar una equilibrada salud mental, el argentino medio se vio sometido a lo que ya podía considerarse un componente cultural en este rincón del planeta: servido a domicilio por el diariero o comprado en el kiosco; leído en la cocina de casa o en el café de la esquina; en la mullida comodidad del sillón del living o en el apretujamiento del subte; en las febriles jornadas de laburo o en las relajadas mañanas playeras, el Clarín se desplegaba frente a los ojos de aquel ciudadano que debía yugarla para llegar a fin de mes, pero que se distinguía por usar saco y corbata para ir a trabajar.
Desde las más remotas épocas en que sólo era un diario influyente, hasta las otras más perversas en las que su CEO llegó a considerar que ser Presidente de la República Argentina era “un cargo menor”, habían corrido bajo los puentes aguas demasiado turbias: el apoyo a la Dictadura militar, la apropiación de dos hijos de desaparecidos y la compra fraudulenta, y a punta de pistola, de Papel Prensa eran hechos que habían transformado a aquella influyente pauta socio-cultural de los pequeñoburgueses argentinos en un monstruo con capacidades destructivas de una hondura indescifrable.
Y como pauta socio-cultural de alcances impredecibles, Clarín colaboró también con la transformación del lenguaje de los argentinos, aún con el de los más lúcidos. Hasta los intelectuales y políticos más despiertos, y los que no lo éramos tanto, todos en alegre conjunto nos habíamos acostumbrado a referirnos a los dueños de la riqueza argentina como los “factores de poder real”. Y echábamos a volar ese concepto, no sólo sin arrepentimiento alguno, sino hasta con una cierta dosis de orgullo por ser poseedores de un rico léxico para el análisis político.
Pero no sabíamos lo que decíamos. De tanto analizar, no analizábamos. No nos tomábamos el trabajo de elaborar una suerte de tabla comparativa tan simple como la regla de tres. La asociación libre debería haber sido: si hay “factores de poder real” (o factores de poder económico) también existirán “factores de poder irreal”. Y si ese factor de poder irreal existía ¿quién era ese factor?
Pues ese factor era, nada más y nada menos, la política.
La política había pasado a convertirse en un “factor de poder irreal”, en una suerte de representación pública y desdorosa de su mejor historia, de la representación de la puja de proyectos: eran los tiempos ya del discurso único neoliberal en los que la política se paseaba vergonzante por los medios de comunicación masivos, lamiéndole las botas al amo, entregando viejas banderas, exterminando el factor ideológico, esterilizándose como factor de cambio, adecuando discursos para no resultar molestos al “poder real” y declarándose absolutamente respetuosa de sus privilegios.
Esa representación teatral e impúdica de la política se derrumbó en diciembre del 2001. Sonaba un coro lastimoso en las calles: “Que se vayan todos”, repetía la letanía.
Perón solía decir que los poderosos tienen sus resortes económicos, tienen la economía para presionar y para terciar en la disputa social, y aún para opinar en la cuestión nacional. Y, viejo zorro como era, concluía que el pueblo de lo único que disponía para salvar su destino, y por lo tanto el de la Patria, era la política.
Pero aquellos guiños de aquel viejo General fueron cayendo en el olvido y en la amnesia de una dirigencia política (ya vimos, falsamente política) que entregó todo lo que tenía para mantener la supervivencia. No sabía aquella dirigencia que se estaba “alimentando” con veneno para ratas.
Y las especies se adecuan: si usted se alimenta con veneno para ratas, termina muriendo como una rata.
Y de esa lógica de pensamiento, y de implementación del pensamiento, no escapó casi nadie: el progresismo, que hizo de la genuflexión y de la entrega de banderas un rito sagrado, fue corresponsable de aquella década boba de los 90.
Para restaurar la dignidad de la política, había que hacer política, había que intentar el gigantesco esfuerzo de volver a colocar a la política en el centro de la escena nacional y tejer, alrededor de aquella proeza, el sagrado deber de un proyecto nacional.
Eso viene sucediendo en la Argentina desde el 25 de mayo del 2003.
Pero no todos se enteraron.
Hay quienes que, por estar cerca del derrumbe del 2001, por haber padecido los efectos traumáticos del desastre (y quizás por saberse culpables), siguen apostando por la Argentina virtual que les dibuja Clarín todos los días.
Pero hay otros que lo hacen nomás de puro bobos: tal es el caso de Pino Solanas, que ya no sabe qué más hacer para tener una vejez indigna. Como si resultara poco haber coincidido con la Sociedad Rural durante la 125, o hacerse recientemente amigo de Greenpeace, o volverse loco porque le quitaran Fibertel, nuestro canoso viejo conocido se dio una vueltita por la Expo-Agro y se sacó una primorosa foto con Eduardo Duhalde y el inefable Momo Venegas.
Consejo básico para incautos y/o genuflexos: si usted quiere ir de trampa con una mina, trate de que a la salida del telo no le saquen una foto. Salvo que quiera que, en el barrio, todos lo tratemos de boludo.